
Y, sin embargo…
– ¿Un cirujano que quiere trabajar en Bay Beach? -preguntó ella incrédula. Parecía increíble.
– Sólo un par de meses. Depende.
– ¿Depende de qué?
– Del diagnóstico de Anna.
– ¿Quieres quedarte aquí con ella?
– Claro -era una respuesta demasiado simple, pero Em sabía que era la verdad. ¿Cuántos cirujanos bien situados renunciarían a su estilo de vida por una hermana?
– ¿Puedes dejar tu trabajo? -preguntó Em, y él asintió.
– Sí. Da la casualidad que estaba a punto de aceptar un trabajo como profesor en Escocia. Vine aquí para despedirme de Anna y la encontré en tal estado que he aplazado el trabajo. Sabía que, fuera lo que fuera lo que la asustaba, no sería algo que se arreglaría rápido. Y necesito tiempo para construir el puente…
Una vez más la dejaba perpleja. Renunciar con tanta facilidad a su profesión…
– Entonces, ¿por qué no te quedas con Anna? -sugirió Em-. Según parece, no estás casado. Con lo que gana un cirujano, seguro que puedes tomarte unas vacaciones.
– Anna no me deja quedarme con ella, y si no tengo un buen pretexto para quedarme en la ciudad, ella me rechazará por completo. Ni siquiera ahora estoy en su casa. Estoy en un hotel. Como ya te dije, tenemos un largo camino por recorrer -estaba usando un tono eficiente, como negociando lo que le parecía un arreglo muy lógico-. Por cierto, si voy a trabajar aquí, habrá algún alojamiento previsto para los médicos, donde pueda quedarme, ¿no?
– No lo suficientemente grande para ti -repuso ella sin pensarlo, y él se echó a reír.
– Vamos, no soy tan. grande…
«Quizá no en tamaño, pero sí en presencia», pensó Em tratando de aclarar sus pensamientos. Él necesitaba alojamiento. La ayudaría durante uno o dos meses, pero necesitaba un lugar donde vivir.
