La idea de que la ayudara era tentadora. Aunque sólo hiciera un par de visitas nocturnas a la semana, sería una bendición. Le garantizaría poder dormir un par de noches a la semana.

– Estoy dispuesto a compartir tu carga de trabajo -dijo con voz suave, y ella parpadeó.

«¡Diablos! ¿Soy así de transparente?», pensó Em.

– Puedo arreglármelas sola.

– Igual que Anna.

– No tenemos elección -contestó cortante y, al oírla, él dejó de reír.

– Sí, sí tenéis elección -contradijo Jonas en tono severo-. Estoy aquí para las dos. Si me dejáis, claro…

Lo dijo en serio.y con seguridad, sin admitir discusión, y una hora más tarde Em vio cómo se marchaba en su pequeño Alfa Romeo, mientras ella se quedaba tratando de digerir la cuestión.

Tenía un socio para un mes.

– Quizá más si necesito quedarme más tiempo -había dicho él-. Y ojalá que no lo necesite.

Ella estaba de acuerdo. Ojalá Anna no tuviera cáncer. Pero si lo tenía, decidió que aceptaría a Jonas mientras esperaban a que ella sanase. Compartir su carga de trabajo era una bendición. Su consulta era suficientemente grande, para los dos. Pero, ¿y su casa?

Esa era la parte del arreglo que no la satisfacía. La casa de los médicos en la parte trasera estaba construida para alojar a cuatro, por lo que tenía cuatro dormitorios y cuatro baños. ¡Pero sólo tenía una cocina y un salón!

Esa noche Jonas dormiría en el hotel, pero a partir del día siguiente lo tendría permanentemente bajo su techo. Un socio y un compañero de piso, ¡durante un mes!

Pero eso sería al día siguiente, lo que le daba tiempo para ordenar sus ideas y controlar sus sentimientos.

Em volvió a ver a Jonas antes del día siguiente. De hecho, lo vio esa misma noche.

Dos horas después, Em estacionó su coche delante de Home Two, una de las casas que formaban parte del Bay Beach Orphanage, y reconoció un coche aparcado.



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