
¿Cuánta gente en Bay Beach tenía un Alfa Romeo plateado? Nadie que ella supiera, excepto Jonas.
¿Qué demonios estaba haciendo allí?
Caramba con sus emociones. ¿Por qué el ver su coche le había dado un vuelco el corazón?
Cuando su amiga abrió la puerta, Em tuvo que disimular su sorpresa y esforzarse para que su voz pareciera normal. No fue una tarea fácil, pero lo consiguió.
– Hola, Lori -saludó sonriendo, y miró de reojo al coche-. ¿Interrumpo?
– Claro que no -Lori abrió la puerta de par en par y Em pudo ver a Jonas sentado junto a la mesa de la cocina. Él la miró y sonrió, y Em volvió a sentir en su corazón esa sensación tan rara que no lograba entender-. Estamos tomando un té. ¿Tienes un rato para unirte a nosotros?
– Puede que sí -replicó Em, recelosa-. Gracias a Jonas.
– Me ha contado que te sustituyó en la consulta -dijo Lori, estrechando la mano de su amiga-. Y también lo de Charlie. Em, lo siento mucho.
– Estoy bien -pero no lo estaba. No había tenido casi tiempo de pensar en Charlie, pero en ese momento se le saltaron las lágrimas. Maldición, tenía que darse un poco de tiempo para llorar. ¿Cuándo lo aceptaría?-. Yo…, quizá será mejor que no me quede a tomar ese té. Sólo veré a Robby y me marcharé.
Robby era el motivo por el que había ido allí. Fuera cual fuera el de Jonas, ella tenía que concentrarse en su trabajo. Su trabajo era Robby, y exigía dedicación.
Robby tenía sólo ocho meses y había quedado huérfano en un accidente de coche dos meses antes. Había sufrido quemaduras graves y lo habían trasladado del hospital al orfanato. Aunque necesitaba cuidados médicos más especializados, su tía vivía en Bay Beach y no quería ni oír hablar de que lo trasladaran a otra ciudad.
Ni tampoco quería que viviera con ella, ni que nadie lo adoptara. Así que Robby estaba al cuidado de Lori y recibía los cuidados médicos de Em.
Había cosas peores, pensó Em. Lori no era una solución a largo plazo, pero lo quería mucho.
