
Y también lo quería Em. Había pasado seis semanas en el Hospital General de Bay Beach y durante ese tiempo había conseguido conquistar el corazón de Em. Al verla entrar en su habitación, levantó los bracitos tanto como lo permitían las quemaduras de su pequeño cuerpo para que Em lo alzara y lo abrazara
Era pequeño, bajo de peso para su edad, y todavía tenía el lado izquierdo cubierto de las heridas de los injertos. Las quemaduras le habían llegado hasta la barbilla y lo único que parecía haberse salvado eran sus ojillos oscuros, su nariz respingona y sus rizos dorados.
Sí, Em lo quería. No le daba vergüenza confesar que había perdido su frialdad profesional y tenía al niño metido en el corazón.
– ¿Me has estado esperando? -susurró-. Pensé que estarías dormido, pequeño diablillo.
– Debería estarlo -Lori había seguido a su amiga hasta la habitación-. Ha estado abajo durante media hora. Pero está tan acostumbrado a verte por las noches, que no consigo meterlo en la cama hasta que vienes.
– ¿Cuál es el problema? -Em se sobresaltó al oír el tono profundo de la voz de Jonas, que las había seguido. Estaba pensado que Em y el bebé hacían una pareja increíble, y si Em hubiera sospechado lo que él estaba imaginando, se habría sonrojado.
Era una mujer muy bella, alta y morena. Con el niño en brazos, tenía un aspecto muy maternal. Robby todavía llevaba una piel elástica recubriendo los injertos y estaba lleno de vendajes, cuya blancura contrastaba con la suave piel morena de Em.
Al ver a Robby, Jonas se impresionó más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Replanteó su pregunta.
– ¿Qué le ha pasado al bebé?
Lori se lo contó, mientras él observaba la destreza con la que Em levantaba los vendajes y retiraba la piel elástica para comprobar la cicatrización de las heridas.
Jonas pensó que, con su ayuda, esa tarea que duraba varios minutos podía ser más rápida, pero como Lori, ya lo estaba haciendo, se limitó a mirar.
