
– A mi hermana.
– ¿Para qué? -preguntó ella, aunque ya lo sabía.
– Para que le digas que Lori es perfectamente capaz de cuidar de sus hijos. No confía en mí. He tardado tres días en convencerla de que dejara aquí a los niños durante dos horas esta mañana, y ahora estoy intentando que los deje mañana otra vez, y luego le hablaré de la posibilidad de dejarlos más tiempo. Creo que tú podrías ayudarme.
– ¿Por qué iba a hacerme más caso a mí que a ti? -Desconfía de los hombres -respondió Jonas, y Lori hizo una mueca.
– Sabia mujer.
– ¡Eh! -exclamó Jonas sonriendo y abriendo los brazos como si implorara-. ¿De qué hay que desconfiar? «De todo», pensó Em, pero no dijo nada.
– ¿Tienes más visitas urgentes que hacer? -preguntó Jonas.
– Tengo que hacer la ronda nocturna de las salas. -Eso puede esperar. Supongo que llevas un buscapersonas.
– Claro que lo llevo.
– Entonces te ayudaré con la ronda nocturna y, luego, la noche es nuestra -dijo él con tono grandilocuente-.
Aparte de las visitas domiciliarias y las urgencias, ¿qué más podríamos desear?
Efectivamente, ¿qué más?
Cenaron en el lugar más bello y solitario de la playa. Era justo lo que Em. necesitaba para asimilar la muerte de Charlie.
Curiosamente, no le importaba compartir la deseada soledad con Jonas, y el lugar no parecía menos tranquilo por su presencia.
– Habría preferido vino -dijo él sacando el agua mineral que había llevado con el pescado y las patatas-, pero con el trabajo que tienes, supuse que lo habrías rechazado -sin esperar respuesta, se acomodó junto a ella y la dejó ensimismada en sus pensamientos.
