
Al igual que Em, parecía contento de comer en silencio mientras miraba la luna, que empezaba a asomar por el horizonte.
Em estaba pensativa. Era un lugar precioso, una playa que Charlie adoraba.
Y, de repente, la muerte de Charlie se convirtió en algo real. Muy real.
– Lo querías mucho -dijo Jonas después de un rato, agarrándole la mano con suavidad. No era un gesto de intimidad, sino sólo de consuelo, y Em se sintió reconfortada.
Entre los dos sólo estaba la verdad.
– Sí -asintió Em-. Charlie fue siempre mi mejor amigo y, desde que murió mi abuelo, estábamos muy unidos. Era lo único que me quedaba.
– ¿Cuándo murieron tus padres?
– Cuando era muy pequeña. Murieron en un accidente de coche, como los padres de Robby.
– ¿Por eso te sientes tan cerca de Robby?
La idea la sobresaltó. No se le había ocurrido antes, pero en ese momento pensó que podía ser cierto.
– Supongo que sí.
– Solo que él no tiene ni un abuelo ni a Charlie para que lo quieran.
– Yo tuve mucha suerte.
– Eso parece -Jonas se sirvió un poco más de agua Ojalá los hubiera conocido.
De pronto, Em también deseó que hubiera sido así. Que hubiera conocido a sus dos entrañables ancianos…
– Eran increíbles -al recordarlos, el cansancio de sus ojos grises dejó traslucir una sonrisa-. Eran un par de diablos maquinadores y se metían en todos los líos que te puedas imaginar, pero me educaron muy bien.
– Eso lo puedo ver.
Era un cumplido simple y directo, y Em se sonrojó.
– No quería decir que…
– Ya lo sé -dio él con dulzura-. Si lo hubieras querido decir, yo no habría dicho nada.
Ella se quedó mirándolo un buen rato… Estaba tumbado cuan largo era sobre la arena, mientras bebía el agua mineral. Su mano cubría todavía la de Emily y estaba contemplando el maravilloso espectáculo de la salida de la luna. No la miraba a ella, y eso la hacía sentirse sola, separada de él, como si Jonas no estuviera allí.
