Em tenía que actuar sola.

Debía intentar resucitarlo enseguida. No era tarea fácil, con toda esa gente mirando, pero no había tiempo para otra cosa.

– ¡Despejen la sala, por favor! -pidió entre soplido y soplido sin dejar el boca a boca y sin confiar en que le hicieran caso. No importaba. Estaba respirando para su anciano amigo, golpeándole el pecho para intentar resucitarlo mientras esperaba el equipo de urgencias.

Y entonces oyó una voz.

– Salgan de la sala. ¡Ahora mismo!

Era una voz masculina que reiteraba, en tono autoritario, la orden que ella había dado.

Em parpadeó, preguntándose de quién era esa voz grave y densa que parecía acostumbrada a' dar órdenes. Pero estaba arrodillada junto al anciano y le dedicaba toda su atención.

– Respira, Charlie. Respira, por favor…

– Como se habrán dado cuenta, esto es una emergencia, y necesitamos que la sala esté vacía para poder trabajar -continuó la voz-. Si lo suyo no es urgente pidan otra cita más tarde, o si no, esperen fuera. ¡Ahora!

De pronto, el carro del equipo de urgencias estaba allí, el pelirrojo estaba arrodillado al otro lado de Charlie, untando de gel los electrodos y ayudando a Em a ajustarlos como si supiera muy bien lo que hacía.

¿Quién diablos sería?

No había tiempo para preguntar. Todo lo que Em podía hacer era aceptar su ayuda y colocarle a Charlie la boquilla adecuada. Como norma, no habría hecho el boca a boca a nadie sin una boquilla, pero Charlie era especial. Charlie era un amigo.

Charlie…

Debía actuar con profesionalidad. No había lugar para los sentimientos si querían salvar la vida del anciano. Respiró cuatro veces más en la boquilla y la voz grave la interrumpió.

– Apártese. Ya.

Ella se apartó y las manos del desconocido fueron las que colocaron los electrodos sobre el pecho desnudo de Charlie. Él sabía perfectamente lo que hacía, y ella sólo podía estarle agradecida.



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