
La descarga hizo que el cuerpo de Charlie se sacudiera. Nada. El electro no mostraba ninguna respuesta.
Pero debían seguir intentándolo. Em le insufló otras cuatro veces y las manos del desconocido cambiaron los electrodos de sitio. Otra sacudida, pero aún sin resultado.
Ella volvió a soplar. Una y otra vez. Y nada.
Em se sentó sobre los talones y cerró los ojos.
– Ya basta -susurró-. Se ha ido.
El silencio era absoluto.
Amy, horrorizada, estaba pálida. Respiró hondo y comenzó a llorar. «Es demasiado joven para esto», pensó Em. A sus veintinueve años, Em se sintió vieja, muy vieja. Se puso en pie y se acercó a abrazar a la recepcionista.
– Vamos, Amy. No pasa nada. Charlie no lo habría querido de otra manera.
Esa era la pura verdad. Charlie vivía para los cotilleos de Bay Beach. Tenía ochenta y nueve años y, desde hacía tiempo, sabía que su corazón estaba mal. Morirse de forma dramática en la consulta del médico y no solo en casa, era el tipo de final que le habría gustado
– Amy, llama a Sarah Bond, la sobrina de Charlie -dijo Em con voz cansada, mientras Amy trataba de recomponerse-. Dile lo que ha pasado. No creo que se sorprenda mucho. Y luego llama a la funeraria -respiró hondo y se dirigió al hombre que la había ayudado Muchas gracias -dijo tan solo.
Su cara expresaba tal cansancio y dolor, que el hombre se acercó a ella y le puso sus manos fuertes y masculinas sobre los hombros.
– Diablos, pareces hundida.
– No del todo.
– ¿Le tenías mucho cariño a Charlie?
– Sí -contestó Em-. Todo el mundo quería a Charlie. Ha sido pescador en Bay Beach toda la vida -miró hacia el cuerpo de Charlie. Le habían cerrado los ojos y parecía increíblemente tranquilo. Dormido. No debía lamentarse, pero Lo conocía de toda la vida. Me enseñó mucho sobre la vida… -Em perdió el control y comenzó a llorar.
