
– Bien. Y no tienes, que quedarte.
– Sí tengo que quedarme -dijo con dulzura-, porque Em me necesita.
– ¿Em?
– No podía creer la cantidad de trabajo que Em tenía esta mañana -le dijo a su hermana, dejando sus grandes manos sobre los hombros de Em-. Tú misma viste la tensión a la que estaba sometida. Aunque se supone que debo ir a mi nuevo puesto en el extranjero, he decidido postergar el viaje. Me quedo aquí.
– ¿Con… con la doctora Mainwaring?
– Con Emily -rectificó él-. Con una de las doctoras más trabajadoras, bellas y deseables que jamás he tenido el placer de conocer. Em y yo ya lo tenemos todo arreglado.
– No me lo creo.
Tampoco Em se lo creía. Su forma de hablar, la firmeza con que la sujetaba… ¡Parecía que ese hombre estaba enamorado de ella!
Y él no hacía nada por cambiar esa impresión.
– Antes de venir, Em y yo hemos pasado dos horas en la playa -le confió a Anna-. Hemos estado arreglando las cosas. Puede que sea repentino, pero no quiere decir que no haya sucedido -sujetó a Em con más fuerza, ya fuera por afecto, o como advertencia.
– No voy a dejar a Emily. Somos socios. Así que estoy aquí por ti también -aseveró con un tono que no admitía réplica-. Pero sobre todo, estoy aquí por Em. Y me quedaré por todo el tiempo que ella quiera. Tanto si tú lo quieres como si no.
– Jonas…
– Déjalo, Anna -ordenó con brusquedad-. De momento, hazte esas malditas pruebas. Yo me quedaré aquí, con Emily, todo el tiempo que haga falta. Y puede que más tiempo todavía.
– ¡Estás loco! -de vuelta al coche, Em miró al hombre que tenía a su lado como si mirara a un lunático-. Has dado a entender que entre nosotros había un flechazo.
– Lo hice muy bien -dijo él con picardía, y ella lo habría abofeteado.
– ¿Lo hiciste a propósito? -Claro.
Em se recostó en el asiento y se quedó pensativa, mirando al frente. «Una doctora se encuentra con un chiflado, y se pregunta dónde estará la camisa de fuerza. ¿Cómo debía reaccionar?».
