
– dijo Em con tono remilgado. -Touché.
– Así que, cuéntamelo.
Él permaneció callado.
La casa de Anna estaba en la parte más alejada del cabo, a unos diez minutos en coche. Iban por la carretera de la costa y la luna iluminaba el mar. El ruido de las olas entraba por las ventanillas. «Una noche para los enamorados», pensó Em, y Jonas había dicho que él era uno de ellos.
Pero era mentira. Lo había dicho para conseguir algo. Y ese algo no tenía nada que ver con Emily.
– Mi padre era alcohólico -dijo él por fin, y Em hizo una mueca.
– ,¿Fue duro?
– Muy duro -detrás de la valentía de sus palabras había años de sufrimiento-. Mi madre no podía soportarlo. No tenía una personalidad fuerte y cuando Anna tenía nueve años y yo doce, conoció a otro hombre y desapareció, dejándonos con papá.
Em se quedó pensativa. Sabía lo que era tener un padre alcohólico porque en su consulta tenía un par de chicos con muchos problemas por esa misma razón. No le gustaba lo que estaba pensando.
– ¿,Tienes ganas de contármelo? -preguntó ella, y él asintió.
– No muchas, pero quizá tenga que hacerlo si tú aceptas el juego.
– ¿Quieres decir, fingir que somos amantes?
– Fingir que me necesitas -dijo, y le dedicó esa sonrisa que la hacía estremecer. Adoraba la sonrisa de ese hombre.
– Por supuesto. Pero sólo desde el punto de vista médico -añadió fingiendo remilgo.
– Y no en tu cama.
– Tengo un chucho viejo que se llama Bernard -dijo Em muy seria-. Lo rescaté de la perrera hace muchos años. Su trabajo es calentarme la cama, y es todo lo que necesito.
– Qué suerte tiene el viejo Bernard. ¿Te ha visto con el pelo suelto?
– Doctor Lunn, ¿vas a contarme cuál es el problema de Anna, o vas a dejarme salir del coche? -amonestó Em-. Estoy empezando a cansarme de estar aquí.
– Yo, en cambio, me lo estoy pasando bien. Y no tengo ganas de hablar de mi padre.
