
– Pero necesitas contármelo -después de todo, ella era médico, y sabía dar en el clavo. Tenía que hacerlo si quería sobrevivir una mañana en la consulta sin que los cotilleos y tonterías la abrumaran.
– No hay mucho que contar -volvió a ponerse serio y se concentró en la carretera-. Mi padre era encantador, atractivo, amable e ingenioso… -«igual que su hijo», pensó Em para sus adentros-. Y también era un borracho empedernido. Podía conseguir lo que deseara de las personas. Anna lo quería tanto, que aunque mi madre hubiera querido que nos fuéramos con ella, que no fue el caso, no creo que Anna hubiera ido. Ella creía en él, pero él le mentía una y otra vez, y siempre que la defraudaba, ella inventaba alguna excusa para disculparlo. Después de que nuestra madre nos dejara, casi todas las excusas se centraron en mí.
– No entiendo…
– Mentía siempre, pero yo no me di cuenta hasta que, hace poco, antes de morir, me contó muchas cosas. Le prometía a Anna un vestido nuevo y luego le decía que yo me había gastado todo su dinero esa semana. O le juraba que la llevaría a bailar para su cumpleaños, y luego le decía que tenía que marcharse porque yo me había metido en un lío en la universidad. Para pagarme los estudios, yo trabajaba en lo que me saliera, pero mi padre nunca se lo dijo a Anna. Ella sabía que yo trabajaba, pero siempre le hacía creer que todo el dinero que le sobraba me lo daba a mí. Así que nunca quedaba nada para ella.
– Oh, Jonas…
– Aún hay cosas peores -dijo Jonas con tristeza pero no querrás saberlas. Baste con decir que yo siempre era el malo y papá me trataba como tal. Me echaba la culpa de que mi madre se hubiera ido. Y todo empeoró cuando pedí que canalizaran su pensión a través de la Seguridad Social. Al menos así, Anna recibía lo suficiente para comer. Es más, parte de lo que yo ganaba en mis trabajos de estudiante, se lo daba a él, pero mi padre detestaba que yo controlara la situación.
– Alguien tenía que hacerlo.
