– Dices bien.

Em pensó en un niño que conocía que tenía un padre alcohólico. Era uno de sus pacientes y a Em le dolía el hecho de que pareciera demasiado mayor para su edad.

– Y entonces… -inquirió Em con dulzura.

– Y entonces, Anna conoció a Kevin, que era igual que papá -una vez más la voz de Jonas se llenó de amargura-. Kevin era muy atractivo y la hacía reír, pero bebía como un pez. Y dependía de ella, igual que papá -se encogió de hombros-. Anna y yo hemos aprendido a no depender de la gente, pero no nos importa que la gente dependa de nosotros. Así que Anna se enamoró locamente, o así lo creía, y cuando yo intenté intervenir, detestó que lo hiciera. Y cuanta más razón tenía yo, más me odiaba. -Ha debido de ser un infierno. -Lo era -dijo con amargura-. Y todavía lo es. -¿Aún te lo reprocha?

– Supongo. Pero yo quiero a mi hermana, Em, y estoy haciendo todo lo posible para que su vida vuelva a un buen cauce. Ahora que Kevin se ha ido, tengo una oportunidad. A menos que esa maldita enfermedad…

– ¡Eh! -sin darse cuenta, Em alargó la mano para agarrar la suya-. Jonas, conoces las estadísticas. Y son bastante favorables.

– Sí, pero cáncer es una palabra que asusta -ella le apretó la mano.

– Entonces, llámalo quiste, al menos hasta mañana. -Tú no piensas que sea un quiste. Es cáncer y quizá ya se haya extendido. A nuestra familia no le pasan cosas buenas -cada vez agarraba el volante con más fuerza y ella sentía bajo su mano la tensión de sus músculos-. A Anna no le pasan cosas buenas.

– Yo creo que sí le pasan. Él soltó una carcajada.

– ¿Cómo has llegado a esa conclusión?

– Porque te tiene a ti -dijo con dulzura-. Porque la estás apoyando en todo el camino.

– Ella no me deja.

– Como socio mío, no puedes estar en otro sitio. -¿Estás de acuerdo en seguirme el juego?

– Estoy de acuerdo en que te necesito. Por tanto tiempo como haga falta.



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