
– Hola -saludó-. No son buenas noticias, ¿verdad?
Anna negó con la cabeza y una lágrima le rodó por la mejilla. Vestida con la bata verde claro del hospital, tenía muy mal aspecto. Estaba lívida y la única nota de color la daba su pelo. En ese momento el cirujano estaba tomando una muestra de tejido y, bajo el efecto de la anestesia, Anna no sentía dolor, pero estaba tensa y tenía los labios apretados. «Al borde de una crisis», pensó Em.
Sin decir nada, Em le limpió la lágrima con un pañuelo y luego se lo dio.
– Ya te han tomado la muestra -le dijo cuando el médico se retiró-. Se acabó, Anna. Esa era la última prueba.
– Es cáncer…
– Sí, Anna, es cáncer. Es una mala noticia, pero no es terrible. Recuérdalo -y, dirigiéndose a la radióloga, prosiguió-. Ni siquiera será necesaria una mastectomía, ¿verdad, Margaret?
– Por lo que hemos visto, no -Margaret White era la jefa de radiología de Blairglen. Aunque la decisión de practicar una mastectomía era responsabilidad del cirujano, Patrick May, el especialista de Blairglen, trabajaba en equipo con Margaret y no le importaba que ella tranquilizara a las pacientes adelantando lo que iba a pasar-. ¿Vas a elegir a Patrick para la intervención?
– Voy a sugerirlo -dijo Em. Agarró de nuevo la mano de Anna y le sonrió-. Anna, Patrick May es uno de los mejores cirujanos que conozco -dudó un momento y añadió-. Aparte de tu hermano, claro.
– Cla… claro -tartamudeó Anna, y miró a su hermano.
– Patrick es muy bueno -reiteró Em mirando a Jonas, que parecía dudoso-. Si tú y Jonas estáis de acuerdo en que te opere él, y lo hacéis aquí en Blairglen, podemos trasladarte al hospital de Bay Beach de inmediato para el postoperatorio. Así los niños podrán visitarte.
– Pero la quimioterapia…, la radioterapia… ¿Cómo voy a enfrentarme a eso?
– La radioterapia es como si te hicieran una radiografía al día. Y si el tumor es tan pequeño y limitado como parece, la quimioterapia solo será opcional, para más seguridad. Eso es todo. Hazlo y sigue adelante con tu vida.
