Anna cerró los ojos.

– ¿No me estás mintiendo? -preguntó con un hilo de voz-. ¿No me estáis mintiendo todos?

Em le apretó la mano.

– De ninguna manera.

– ¿Cómo diablos lo has conseguido? -mientras Anna se vestía, Jonas arrastró a Em hacia el pasillo para que no los oyera-. ¿Cómo te has escapado de Bay Beach para estar aquí con Anna? -preguntó con incredulidad.

– Los milagros ocurren a veces -dijo Em mirando el reloj-. Hago lo posible para que ocurran cuando son necesarios. Pero… -vaciló un poco-, este milagro toca a su fin. No puedo quedarme mucho más tiempo.

– Te has quedado lo suficiente. Eras la persona a quien Anna tenía más ganas de ver.

– Me lo imaginaba. La mayor parte del miedo que produce este tipo de pruebas es porque las realizan desconocidos. Así que, siempre que puedo, intento venir. -¿Lo harías por cualquiera? Em se puso tensa.

– ¿Quieres decir si lo haría por alguien que no fuera tu hermana?

Él sonrió y se encogió de hombros como disculpándose.

– Supongo que debes hacerlo. Anna es especial para mí, pero para ti sólo es una paciente.

– Nadie es sólo un paciente -repuso Em tajante-.Y si alguna vez pienso así, me retiraré de la medicina y no volveré a ejercer.

De repente, se hizo un silencio. Una enfermera que llevaba una bandeja con muestras patológicas pasó por allí, pero ni la vieron. Jonas estaba mirando a Em y no tenía ojos para nadie más.

– Los médicos de familia de las ciudades grandes no hacen esto por sus pacientes -afirmó Jonas, y Em negó con la cabeza.

– Eso es injusto. ¿Cuántos médicos de familia conoces?

– No es injusto. Es la verdad.

– Entonces prejuzgas a los médicos de familia -dijo Em, y sonrió para quitar peso a la conversación-. ¡Qué bien que vas a ser uno de ellos durante un par de meses!



40 из 125