
– Un par de meses…
– Tres -enmendó ella-. Ese es el tiempo mínimo que Anna va a necesitarte.
– Si me deja.
– Te dejará. Así que tienes tres meses por delante para intentar ser un buen hermano y un buen médico de familia. Va a ser una experiencia muy estimulante para ti -volvió a mirar el reloj-. Jonas, tengo que irme.
– Lo sé.
Pero ella no quería marcharse. Y Jonas tampoco quería que se fuera, ella se daba cuenta de eso. Se quedaron callados unos segundos, Em con la vista fija en el suelo y Jonas, dudoso, mirándola a ella.
Antes de que Em pudiera detenerlo, Jonas tomó las manos de ella entre las suyas y las retuvo con firmeza, mirándolas con una sonrisa burlona.
Podía ver que eran unas buenas manos. Tenían las huellas de mucho uso, de ser lavadas cien veces al día, todos los días de la semana durante años, entre paciente y paciente. No eran como las manos de las mujeres que él frecuentaba, pensó Jonas, pero le parecían maravillosas.
– Gracias, Emily -dijo con sencillez, y luego hizo lo primero que se le ocurrió y que no pudo dejar de hacer.
Allí mismo, entre el ajetreo del pasillo del hospital, con gente yendo de un lado a otro a cada segundo, la estrechó entre sus brazos y la besó.
Y, cuando al fin la soltó, la vida de Em había cambiado para siempre.
– ¡No me interesa Jonas Lunn!
Se repitió Em mientras conducía de regreso. Y durante toda la tarde y toda la noche, mientras trabajaba no dejó de repetir la cantinela. «Es un soltero encantador, con un atractivo de muerte. Te ha besado por agradecimiento, y no significa nada. Y aunque significara algo… aunque se sintiera atraído por ti como tú te sientes por él…, sólo estará aquí por poco tiempo, mientras su hermana esté en tratamiento, y luego se marchará. ¡Y cuando se haya ido, tú tendrás que seguir con tu vida!»
Pero la cosa no era tan simple. La cantinela tenía sus fallos. Porque…
