– ¿No tienes a nadie que te ayude? -preguntó él, y ella negó con las manos-. ¿Y por qué diablos no? ¿Acaso Bay Beach no es lo bastante grande como para tener dos médicos o incluso tres?

– Yo nací aquí y adoro este lugar -contestó ella-, pero en Australia hay montones de pequeñas ciudades costeras y muchas no están tan lejos de la ciudad como esta. Los médicos quieren disponer de restaurantes, colegios y universidades para sus hijos. Hemos puesto anuncios desde que mi último socio se marchó hace dos años y no hemos recibido ni una respuesta.

– Así que tú eres el único médico.

– Así es.

– Diablos.

– No está tan mal -Em pasó la mano sobre su trenza sedosa y, mirando a Charlie, suspiró-. Excepto ahora. Me alegro mucho de que estuvieras aquí para que me quede claro que no se podía hacer nada más para salvar a mi amigo.

. -Lo entiendo -contestó él mirando también al cuerpo de Charlie-. ¡Maldita sea!

– Había llegado su hora -susurró Em.

– Y también tu hora de dormir un poco.

– No -suspiró Em, y consiguió esbozar una sonrisa-. No hay descanso para los malditos, doctor Lunn. ¿O debería decir señor Lunn?

– Llámame Jonas.

Jonas… «Suena bien», pensó ella.

– De acuerdo, Jonas -asintió. El hombre de la funeraria acababa de llegar-. Despidámonos de Charlie y luego seguiré con mi trabajo.

. -Ya oíste lo que dije -gruñó Jonas-. En cuanto veas a mi hermana, yo seguiré con tu consulta hasta que hayas descansado,

Era una gran tentación. Tenían dos pacientes en el hospital a los que debería ver. Si dejaba al doctor Lunn con la consulta, podría visitarlos, comer algo y hasta echarse una siesta antes de la consulta de la tarde.

– Venga, hazlo -dijo él. Pero le parecía una irresponsabilidad pasarle su trabajo a un desconocido-. Estoy perfectamente cualificado -aclaró al ver que dudaba-. Con una llamada a Sydney Central te lo confirmarán.



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