El viejo frunció el entrecejo y miró al suelo. La historia ya se había acabado. No había más que añadir. Subieron a Stalin al sofá y… ¿qué? Malenkov salió a hablar con los guardias. Rapava llevó a Beria a casa. Todo el mundo sabe el resto. Stalin murió al cabo de uno o dos días. Poco después murió Beria. Malenkov… bueno, estuvo dando vueltas durante años después de caer en desgracia (en los años setenta Rapava lo había visto una vez arrastrándose por la Arbat), pero ahora también estaba muerto. Nadaraya, Sarsikov, Dumbadze, Starostin, Butusova… todos muertos. El Partido estaba muerto. Y todo el maldito país, para el caso, también lo estaba.

—Pero seguro que su historia no acaba ahí —dijo Kelso—. Siéntese, Papú Gerasimovich, venga, acabemos la botella.

Le hablaba con educación y cautela, porque percibía que la anestesia del alcohol y la vanidad podían esfumarse en cualquier momento, y Rapava podía volver en sí y darse cuenta de que estaba hablando demasiado. Tuvo otro arrebato de ira. ¡Diablos, qué difíciles que eran esos viejos del NKVD… difíciles e incluso todavía peligrosos! Kelso era un historiador cuarentón, treinta años más joven que Papú Rapava, pero no estaba en muy buena forma física… para ser sinceros, nunca lo había estado y prefería no tener que vérselas con el viejo si perdía los estribos. Rapava, después de todo, era un superviviente de los campos del Ártico. Seguramente no se había olvidado de cómo atacar a alguien, y, supuso Kelso, hacerle daño en serio.

Llenó los dos vasos, el de Rapava y el suyo, y se obligó a seguir hablando.

—Bueno, a ver, ahí está usted, con veinticuatro años, en el dormitorio del secretario general, o sea, en el sanctasanctórum del poder, porque más cerca no se podía estar. ¿Qué pretendía Beria, para qué lo llevó allí dentro?

—¿Estás sordo, muchacho? Te he dicho que me necesitaba para mover el cuerpo.



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