—¿Pero por qué usted? ¿Por qué no usó a los guardias habituales de Stalin? Al fin y al cabo lo habían encontrado ellos, ¿no? Y ellos habían llamado a Malenkov. ¿Por qué Beria no se llevó a uno de sus ayudantes personales a Blizhny? ¿Por qué precisamente a usted?

En aquel momento Rapava se tambaleaba mientras miraba el vaso de whisky y Kelso se dio cuenta de que toda la noche dependía de eso: necesitaba otra copa y la necesitaba en ese preciso instante, y necesitaba esas dos cosas mucho más que irse. Volvió, se dejó caer pesadamente y le tendió el vaso para que volviera a llenárselo.

—Papu Rapava —continuó Kelso mientras le servía otros tres dedos de whisky—, el sobrino de Avksentry Rapava, el amigacho más antiguo de Beria del NKVD georgiano. El más joven de todo el equipo. Un chico nuevo en la ciudad. ¿Quizá un poco más ingenuo que el resto? ¿Tengo razón? Precisamente el tipo de joven ambicioso a quien el jefe debió de mirar y pensar: Sí, puedo usarlo, puedo usar al chico Rapava porque es capaz de guardar un secreto.

Un denso silencio se prolongó hasta hacerse casi tangible, como si alguien hubiera entrado en la habitación para quedarse con ellos. Rapava empezó a mecerse de un lado a otro, se inclinó hacia adelante y empezó a masajearse el cuello descarnado mirando fijamente la alfombra gastada. Llevaba el pelo gris casi rapado. Tenía un vieja cicatriz en la coronilla que llegaba hasta la sien y que parecía cosida por un ciego con un cordel. Y sus dedos con las yemas amarillentas y sin uñas.

—Apaga la máquina, muchacho —dijo en voz baja haciendo un gesto hacia la mesa—. Apágala y quita la cinta… Eso es, y déjala donde pueda verla.


El camarada Stalin era un hombre bajo, un metro sesenta y tres, pero robusto. ¡Dios mío, cómo pesaba! Como si no fuera de carne y hueso, sino de algún material más pesado. Lo arrastraron por el suelo de madera —la cabeza colgaba y golpeteaba sobre el parquet lustroso— y después tuvieron que levantarlo haciendo palanca, las piernas primero. Rapava vio —no pudo evitarlo porque tenía los pies del secretario general casi en la cara— que tenía el segundo y el tercer dedo unidos — la marca del Diablo—, y cuando nadie lo miraba se persignó.



11 из 353