Beria se frotó las manos.

—Ahí empezarán a cagarse de miedo. Ahora pongámoslo en el sofá. Tú —se dirigió a Rapava—, cógelo por las piernas.


El viejo, a medida que hablaba, estaba cada vez más hundido en el sillón, despatarrado, con los ojos cerrados y voz monótona. De repente exhaló sonoramente y volvió a incorporarse. Miró asustado la habitación del hotel a su alrededor.

—Tengo que mear, muchacho. ¿Dónde está el lavabo?

—Ahí lo tiene.

Se levantó con cautelosa dignidad de borracho. Kelso oyó a través de la delgada pared el ruido de la orina en el inodoro. La verdad es que tenía bastante que descargar, pensó. Había estado lubricando la memoria de Rapava durante casi cuatro horas: primero cerveza Báltica en el bar del vestíbulo del Ucrania, después, Zubrovka en el bar de enfrente, y por último, whisky de malta en la intimidad de la habitación. Era como tratar de pescar un pez en un río de alcohol. En aquel mo- mento vio la caja de cerillas que Rapava había tirado al suelo y la recogió. Llevaba impreso el nombre de un bar o night club, ROBOTNIK, y una dirección, cerca del estadio del Dínamo. Se oyó el ruido de la cadena y Kelso se metió las cerillas en el bolsillo. Rapava reapareció por el quicio de la puerta abrochándose la bragueta.

—¿Qué hora es, muchacho?

—Casi la una.

—Tengo que irme. Joder, pensarán que soy tu novio. —Rapava hizo un gesto obsceno con la mano.

Kelso simuló reírse. Sí, claro, enseguida llamaría un taxi. Pero por qué no se acababan la botella. Cogió el whisky y comprobó subrepticiamente si la grabadora seguía en marcha. Acabemos la botella, camarada, y termine de contarme la historia, pensó.



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