—Pues bien, joven camarada —le dijo Beria cuando salió Malenkov —, ¿prefieres estar bajo tierra o quieres seguir arriba?

Al principio Rapava creyó haber oído mal. Pero al punto comprendió que su vida ya no volvería a ser la misma y que tenía suerte si sobrevivía.

—Prefiero seguir así, jefe.

—Buen chico. Tenemos que buscar una llave, de este tamaño. — Beria indicó una medida con el pulgar y el índice—. Se parece a la llave para dar cuerda a un reloj. La tiene en un aro de metal con un trozo de cuerda atado. Mira en su ropa.

La guerrera gris de siempre colgaba del respaldo de una silla, y encima estaban los pantalones cuidadosamente doblados. Al lado había un par de botas altas de montar con los tacones unos centímetros más altos de lo normal. Los brazos de Rapava se movían entrecortadamente. ¿Qué pesadilla era ésa? ¿El padre y maestro del pueblo soviético, el ejemplo, el organizador de la victoria del comunismo, el dirigente de toda la humanidad progresista con la mitad de su férreo cerebro des- truido, tumbado sobre un sofá, mientras ellos dos revolvían la habitación como un par de ladrones? A pesar de todo, hizo lo que le ordenaban y empezó con la guerrera. Mientras tanto Beria atacaba el escritorio con destreza de viejo miembro de la Cheka, sacaba los cajo- nes de las guías, los ponía en posición vertical, registraba el contenido, apartaba lo inútil, y volvía a colocarlos en las guías.

En la guerrera y los pantalones no había más que un pañuelo sucio y acartonado con moco reseco. Para entonces, la vista de Rapava ya se había acostumbrado a la semipenumbra y vio más claramente dónde estaba. En una de las paredes había una reproducción de una pintura china representando un tigre. En otra, esto era lo más extraño, Stalin había enganchado fotos de niños. Sobre todo de críos pequeños, menores de dos años. No eran exactamente fotos, sino páginas arrancadas de revistas y periódicos. Debía de haber más de veinte.



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