—¿Hay algo?

—No, jefe.

—Mira en el sofá.

Habían puesto a Stalin de espaldas, con las manos cruzadas sobre la barriga. Cualquiera diría que el tipo estaba durmiendo. Respiraba con fuerza, casi roncando. De cerca no se parecía demasiado a las fotos. Tenía mofletes, manchas rojas y marcas en la cara; el bigote y las cejas muy canosos. Entre la cabellera rala se entreveía la calvicie. Rapava se inclinó sobre él… ¡puaf, qué olor!, como si ya hubiera empezado a pudrirse, y deslizó la mano entre los cojines y el respaldo del sofá. Metió los dedos hasta el fondo y deslizó la mano hacia la izquierda, hacia los pies del secretario general, y después a la derecha, hacia la cabeza, hasta que al fin la yema del índice se topó con algo duro. Tuvo que agacharse para poder sacarlo y apoyarse suavemente sobre el pecho de Stalin.

Y entonces sucedió algo espantoso, una cosa de lo más horrible. Mientras sacaba la llave y llamaba en voz baja al jefe, el secretario general lanzó un gruñido y abrió los ojos de golpe, los ojos amarillos de un animal rabioso y asustado. Hasta Beria se tambaleó cuando los vio, y dejó escapar una especie de gruñido. Beria se acercó titubeante, lo miró y pasó la mano por delante de los ojos de Stalin; al parecer eso le dio una idea. Cogió la llave de manos de Rapava y la balanceó por la cuerda, a pocos centímetros de la cara de Stalin. Los ojos amarillos empezaron a seguir el recorrido pendular sin fallar ni una vez. Beria, que sonreía, empezó a moverla lentamente en círculos durante medio minuto hasta que bruscamente le dio un manotazo y se la guardó en la palma. Apretó los dedos y le enseñó el puño a Stalin.



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