¡Qué gemido, muchacho! ¡Más animal que humano! Desde esa noche, desde el momento en que salió de la habitación al pasillo, durante todos esos años, no había dejado de perseguirlo ni un solo día.


La botella de whisky se había acabado y Kelso estaba arrodillado delante del minibar como un sacerdote delante del altar. Se preguntó cómo reaccionarían sus anfitriones del simposio de historia cuando recibieran la cuenta del bar, pero ahora eso importaba menos que mantener lleno de combustible al viejo para que siguiera hablando. Sacó un puñado de botellitas —vodka, whisky, ginebra, coñac, aguardiente de cerezas— y las llevó a la mesa. Al sentarse y dejarlas allí, un par de botellitas se le escaparon de las manos y rodaron por el suelo, pero Rapava ni las miró. Ya no era un viejo en el hotel Ucrania, sino un joven de veinticuatro años, otra vez en el cincuenta y tres, al volante de un Packard verde oscuro, con la carretera a Moscú brillando delante, iluminada por los faros, y Lavrenti Beria, duro como una roca, en el asiento trasero.


El gran coche avanzaba veloz por la avenida Kutuzovsky, a través de las silenciosas barriadas del oeste. A las tres y media cruzaron el Moscova por el puente de Borondinsky y enfilaron rápidamente hacia el Kremlin. Entraron por la puerta suroeste, frente a la plaza Roja.

En cuanto los guardias les franquearon el paso, Beria empezó a darle indicaciones: detrás de la Armería a la izquierda; después, a la derecha, por una entrada estrecha hasta un patio. No había ventanas, sino sólo una docena de puertas pequeñas. En la oscuridad, los ado- quines helados eran de un tono carmesí brillante, como de sangre húmeda. Rapava levantó la vista y vio que estaban debajo de una gigantesca estrella roja de neón.

Beria entró deprisa por una puerta y Rapava tropezó al seguirlo. Un pequeño pasillo de baldosas los condujo a un ascensor con forma de jaula, más viejo que la Revolución. El traqueteo metálico y el ruido de un motor los acompañó mientras subían despacio dos pisos silenciosos y sin luz. Se detuvieron y Beria abrió bruscamente la puerta. Salió y echó a andar a paso rápido por el pasillo, mientras balanceaba la llave por la cuerda.



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