
Muchacho, no me preguntes adonde fuimos porque no lo sé. Había un pasillo largo y alfombrado, con bustos a ambos lados sobre pedestales de mármol, des-v pues bajamos por una escalera de caracol de hierro y salimos a un salón de baile, enorme, inmenso como uní transatlántico, con unos espejos gigantescos de diez metros de alto y unas elegantes sillas doradas alrededor. Por último, poco después del salón de baile, había un pasillo ancho, de paredes verde brillante y un suelo de parquet que olía a cera, y una puerta grande y pesada que Beria abrió con una de las llaves de su llavero.
Rapava entró detrás. La puerta, con una vieja bisagra neumática imperial, se cerró despacio a sus espaldas.
No era una oficina muy impresionante; tenía unos siete metros por cinco y podía haber sido el despacho de cualquier director de una fábrica perdida en Vologda o Magnitogorsk. Un escritorio con un par de teléfonos, una gruesa alfombra, una mesa y varias sillas, una ventana con pesadas cortinas. En una pared había uno de esos mapas grandes y rosados de la URSS, en la época en que todavía existía la URSS, y al lado del mapa, otra puerta más pequeña, hacia la que Beria se dirigió. También tenía la llave. La puerta daba a una especie de vestidor en el que había un samovar ennegrecido, una botella de coñac armenio y unas hierbas para preparar infusiones. También había una caja fuerte, con una robusta puerta de metal con la etiqueta del fabricante, no en caracteres cirílicos, sino en algún idioma occidental. La caja fuerte no era muy grande. De unos treinta centímetros de lado, cuadrada, bien hecha, con un asa recta, también de metal.
Beria notó que Rapava la miraba y le dijo bruscamente que saliera.
