
Pasó casi una hora.
Rapava, de pie en el pasillo, se puso a practicar para mantenerse alerta. Sacaba la pistola e imaginaba que cualquier crujido del enorme edificio era un paso y los aullidos del viento, voces. Se imaginó al secretario general avanzando a zancadas por el pasillo lustroso con sus botas de montar y después trató de conciliar esa imagen con la de la figura vista en Blizhny: derrumbada y atrapada en su propio cuerpo rancio.
¿Y sabes una cosa, muchacho? Me puse a llorar. No puedo negar que es posible que también llorara un poco por mí. Estaba asustado, cagado de miedo… pero en realidad lloraba por el camarada Stalin. Lloré más por Stalin que por mi padre. Y eso les pasó a muchos muchachos.
Unas campanadas lejanas dieron las cuatro.
A eso de las cuatro y media, al fin salió Beria. Llevaba una pequeña cartera de piel con algo dentro: papeles, pero también otras cosas. Rapava no sabía qué. Cosas que presumiblemente venían de la caja fuerte, como la misma cartera. O a lo mejor de la oficina. Tal vez… Rapava no estaba seguro, pero quizá ya la llevaba al bajar del coche. En todo caso, tenía lo que buscaba porque sonreía.
¿Sonreía?
Así es, muchacho, sonreía. No era una sonrisa de placer, verás, sino una sonrisa como…
¿Triste?
Sí, eso es, una sonrisa triste. Una sonrisa como de «¡quién iba a decirlo!». Como si acabara de perder una partida de cartas.
Volvieron por donde habían venido, sólo que en el pasillo flanqueado de bustos se cruzaron con un guardia que prácticamente se arrodilló cuando vio al jefe. Pero Beria lo ignoró y siguió caminando… el ladrón más frío que se haya visto nunca.
—A la calle Vspolni —dijo al llegar al coche.
Ya eran casi las cinco, todavía era de noche, pero ya habían empezado a funcionar los tranvías y había gente por la calle, sobre todo babushkas que habían limpiado las oficinas del gobierno con el zar y con Lenin y que, el día de mañana, las limpiarían con cualquier otro. En la puerta de la biblioteca Lenin había un cartel enorme con la imagen de Stalin en rojo, blanco y negro mirando a unos obreros que hacían cola en la puerta del metro. Beria tenía la cartera abierta sobre el regazo y la cabeza gacha. La luz del coche estaba encendida. Leía algo mientras tamborileaba los dedos con ansiedad.
