
—¿Hay una pala en el maletero? —preguntó de pronto.
Rapava contestó que sí. Había una para quitar la nieve.
—¿Y una caja de herramientas?
—Sí, jefe.
Una grande con gato, llave inglesa, llave en cruz, pinzas para batería…
Beria carraspeó y volvió a la lectura.
En el jardín de la casa, la tierra estaba dura como un diamante, cubierta de placas de hielo demasiado resistentes para la pala, y Rapava tuvo que ir a buscar un pico al cobertizo del fondo del jardín. Se quitó el abrigo y empuñó la herramienta como cuando trabajaba la tie- rra en el huerto de su padre, en Georgia: la levantaba por encima de la cabeza y dejaba que cayera con fuerza, de modo que el peso del pico hiciera el trabajo y la hoja se clavara en la tierra helada casi hasta el asa. Movía el pico adelante y atrás, lo desenterraba, calibraba otra vez la postura y volvía a dejarlo caer.
Trabajaba en el pequeño cerezal, a la luz de un farol que pendía de una rama cercana, a un ritmo frenético, consciente de que detrás de él, en la oscuridad, lejos de la luz, Beria lo vigilaba sentado en un banco de piedra. Al cabo de un rato, a pesar del frío de marzo, sudaba tanto que tuvo que parar, quitarse la chaqueta y subirse las mangas. Tenía la camisa pegada a la espalda e involuntariamente recordó a otros hombres que hacían lo mismo mientras él cargaba su rifle y vigilaba… otros hombres que en un día mucho más cálido cavaban en un bosque y después se tumbaban obedientes boca abajo, sobre la tierra recién removida. Recordó el olor a tierra húmeda, el silencio soñoliento del bosque, y se preguntó cuan fría estaría la tierra si Beria le decía que se tumbara.
