
—No lo hagas muy ancho —le llegó una voz de la oscuridad—. No es una tumba. Estás trabajando más de lo necesario.
Al cabo de un rato, empezó a alternar entre el pico y la pala y a meterse en el agujero para quitar los terrones. El foso se fue haciendo cada vez más profundo; al principio le llegaba a las rodillas, después a la cintura y cuando le llegó al pecho, apareció sobre él la cara de torta de Beria y le dijo que ya estaba, que había hecho un buen trabajo. El jefe sonreía y le tendió la mano para ayudarlo a salir. Y Rapava, en ese momento, mientras apretaba aquella mano blanda, sintió un amor tan grande, una gratitud y devoción tan inmensas como nunca volvería a sentir.
En la memoria de Rapava fue como si dos buenos amigos levantaran, uno por cada extremo, la larga caja de herramientas y la bajaran al foso. Después lo cubrieron de tierra y la pisotearon. Rapava terminó de aplanarla con el revés de la pala y esparció hojas secas sobre el lugar. Cuando cruzaron el jardín para volver a la casa, unos tenues rayos grises empezaban a filtrarse por el cielo del este.
Kelso y Rapava se habían acabado los botellines y pasado a una especie de vodka casera con pimienta que el hombre había servido de una petaca de metal abollada. Sólo Dios sabía de qué estaba hecho. Podía ser champú. Rapava lo olió, estornudó y le guiñó un ojo a Kelso mientras le llenaba hasta el borde un vaso grasiento. Al ver el color de pechuga de ave de la bebida de Kelso se le encogió el estómago.
—Y Stalin se murió —dijo para evitar tomar un trago. Se le trababan las palabras. Tenía la mandíbula entumecida.
—Y Stalin se murió. —Rapava sacudió la cabeza apenado. De pronto se inclinó hacia adelante y brindó—. ¡Por el camarada Stalin!
—¡Por el camarada Stalin!
Y bebieron.
