Pasaron estrepitosamente al lado de las secretarias de Malenkov y entraron en el salón a pesar de las protestas de éstas. Estaba vacío. Sarsikov probó los teléfonos pero estaban cortados. Había un silla caída y, al lado, en el suelo, unos trozos de papel plegados en los que, escrita en tinta roja con letra de Beria, se leía una sola palabra: «¡Peligro!»

Podían haber ofrecido resistencia, pero ¿para qué? Era una emboscada, toda una operación del Ejército Rojo. Zhukov hasta había sacado los tanques, estacionado veinte T34 en el fondo de la casa del jefe (Rapava se enteró más tarde). Había vehículos blindados dentro del Kremlin. Era inútil. No hubieran durado ni cinco minutos.

A los muchachos los separaron ahí mismo. A Rapava lo llevaron a una cárcel militar en los suburbios del norte donde lo molieron a palos y lo acusaron de suministrarle chiquillas, le enseñaron declaraciones de testigos, fotos de las víctimas y por último una lista de treinta nombres que Sarsikov (Sarsikov, el chulo grandullón, menudo tipo duro resultó) les había dado al segundo día.

Rapava no dijo nada. Todo ese montaje le daba asco.

Y entonces, una noche, unos diez días después del golpe, porque Rapava siempre lo había considerado un golpe, lo arreglaron, le dieron un uniforme limpio, le pusieron las esposas y lo llevaron al despacho del director de la cárcel para presentarle un pez gordo del Ministerio de Seguridad del Estado. Era un cabrón con pinta de tío duro de entre cuarenta y cincuenta años. Dijo ser un subsecretario y quería hablar de los papeles privados del camarada Stalin.

Rapava se sentó en una silla con las esposas puestas. El subsecretario se sentó al otro lado del escritorio del director. Detrás de ellos, en la pared, había una foto de Stalin.



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