No recordaba nada más, ni cuánto tiempo había estado exactamente allí hasta que Beria volvió a subir la escalera jadeando, agitado por la conversación con Malenkov, y le lanzó la ropa a la chica mientras le gritaba«¡Fuera! ¡Largo de aquí!», y a él le ordenaba que trajera el coche.


Rapava le preguntó si necesitaba a alguien más. (Tenía en mente a Nadaría, el guardaespaldas principal que solía ir con el jefe a todas partes. Y quizá a Sar-sikov, que en aquel momento dormía la mona de vodka y roncaba en la caseta de guardia, al lado del edificio.) Beria, que había empezado a quitarse la bata de espaldas a Rapava, se quedó pensando durante un instante y le echó una mirada por encima del hombro con sus ojos pequeños y brillantes detrás de unas gafas sin montura.

—No —dijo al fin—. Sólo tú.

Se trataba de un coche americano, un Packard de doce cilindros, de carrocería verde oscuro, con un estribo de medio metro de ancho… una belleza. Rapava lo sacó del garaje en marcha atrás y bajó por la calle Vspolni directamente hasta la puerta de entrada. Dejó el motor en marcha para que circulara la calefacción, saltó del vehículo y se plantó junto al asiento trasero con la típica postura del NKVD: mano izquierda sobre la cadera, abrigo y chaqueta con el cuello ligeramente levantado, sobaquera a la vista y mano derecha en la culata de la pistola Makarov, mientras vigilaba la calle en ambas direcciones. Beso Dumbadze, otro de los muchachos de Migrelia, apareció corriendo por la esquina en el momento en que el jefe salía de la casa.


—¿Qué llevaba puesto?

—¡Y yo qué sé, muchacho! —replicó el viejo, irritado—. ¡Qué demonios importa cómo iba vestido!


En realidad, ahora que lo pensaba, el jefe iba de gris —abrigo gris, traje gris, jersey gris, sin corbata—, lo que junto con las gafas sin montura, los hombros caídos y esa cabeza grande y redonda le daban aspecto de búho, sí, de un búho gris, viejo y malévolo.



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