Rapava le abrió la puerta y Beria se sentó detrás. Dumbadze, que estaba a unos diez metros, hizo un gesto con las manos como si dijera «¿Y ahora qué cono hago?», a lo que Rapava respondió encogiéndose de hombros con una especie de «¡Y yo qué cono sé!» Rodeó el coche, se sentó al volante, puso primera y arrancaron.

Había hecho ese viaje de poco más de veinte kilómetros hasta Kuntsevo un montón de veces, siempre de noche y siempre como parte de la comitiva de escolta del secretario general… Y te juro muchacho que esa caravana era una cosa seria. Quince coches con las ventanillas traseras tapadas con cortinas, la mitad del Politburó: Beria, Malenkov, Molotov, Bulganin, Jruschov, más los guardaespaldas… todos saliendo del Kremlin por la rampa de la puerta de Borovitsky a ciento veinte por hora. La Milicia paraba el tráfico en cada cruce y doscientos hombres de paisano del NKVD cubrían el desplazamiento del gobierno durante todo el camino. Y uno nunca sabía en qué coche iba el secretario general hasta que, en el último minuto, uno de los grandes ZiLs salía de la fila, aceleraba y se ponía delante del cortejo, y el resto disminuía la velocidad para dejar pasar al auténtico heredero de Lenin.

Pero esa noche no hubo nada de aquello. La ancha carretera estaba vacía y, en cuanto cruzaron el río, Rapava pisó el acelerador del gran coche yanki y el velocímetro subió casi a ciento cincuenta por hora, con Beria detrás, inmóvil como una roca. Doce minutos más tarde habían salido de la ciudad. Y quince minutos después, al final de la carretera de Poklonnaya Gora, aminoraron la velocidad para girar por el camino oculto. Las altas hileras de abedules plateados hacían que los faros del coche parecieran luces estroboscópicas.

Qué tranquilo ese bosque, qué oscuro e infinito, como un mar suave y susurrante.



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