
Y allí estaba la dacha.
Rapava esperaba algo inusual; no sabía muy bien qué, coches, hombres, uniformes, el ajetreo de una crisis. Pero la casa de dos plantas, salvo por la lámpara amarilla de la entrada, estaba a oscuras. Debajo se veía una figura que esperaba, la inconfundible silueta regordeta de cabello oscuro del vicepresidente del Consejo de Ministros, Georgi Maksimilanovich Malenkov. Y había algo raro, muchacho, se había sacado los lustrosos zapatos nuevos y los llevaba debajo de ese brazo rechoncho.
Beria bajó del coche casi antes de que se detuviera y en un instante cogió a Malenkov del codo y empezó a escucharlo, mientras asentía y susurraba algo en voz muy baja sin parar de mirar a uno y otro lado. Rapava lo oyó decir: «¿Movido? ¿Lo has movido?» Acto se- guido Beria chasqueó los dedos en dirección a Rapava y éste se dio cuenta de que le indicaba que entrara con él en la casa.
Hasta entonces, cada vez que iba a la dacha, siempre esperaba en el coche a que el jefe saliera o se iba a la garita de los guardias a tomar una copa y fumar un cigarrillo con los otros chóferes. «Dentro» era territorio prohibido, eso es muy importante recalcarlo. Nadie, salvo el equipo del secretario general y sus invitados, entraba jamás a la casa. Y en aquel momento, mientras Rapava se desplazaba por el vestíbulo, de pronto sintió un pánico casi sofocante… como si alguien le apretara la tráquea para asfixiarlo.
