Malenkov, en calcetines, caminaba delante, y hasta el jefe iba de puntillas, por lo que Rapava decidió imitarlos como un mono y caminar silenciosamente. No había nadie más. La casa parecía vacía. Los tres avanzaron sigilosamente por un pasillo, pasaron al lado de un piano vertical y entraron en un comedor con ocho sillas. La luz estaba encendida, las cortinas corridas. Había unos periódicos sobre la mesa y un juego de pipas Dunhill, y, en un rincón, un gramófono a manivela. Sobre la chimenea se veía una foto ampliada en blanco y negro con un marco de madera barato: el secretario general de joven sentado en un jardín con el camarada Lenin. En el extremo de la habitación había una puerta. Malenkov se volvió hacia ellos, se acercó el índice rechoncho a los labios y la abrió muy despacio.


El viejo cerró los ojos y levantó el vaso vacío para que volviera a llenárselo. Suspiró.

—Sabes, muchacho, la gente critica a Stalin, pero hay que decir algo a su favor: vivía como un trabajador. No como Beria, que pensaba que era un príncipe. La habitación del camarada Stalin, en cambio, era de lo más sencilla. Hay que reconocer que siempre fue uno de los nuestros.


La corriente que entraba por la puerta abierta hizo oscilar la llama de la vela roja que había en un rincón, debajo de un pequeño icono de Lenin. La otra luz procedía de una lámpara con pantalla, sobre un escritorio. En el centro de la habitación había un sofá grande convertido en cama. Sobre una alfombra de piel de tigre se veía una gruesa manta marrón del ejército, y allí, de espaldas, respirando ruidosamente, al parecer dormido, se veía el cuerpo de un hombre gordo, mayor, de cara rojiza, con una sucia camiseta blanca, y calzoncillos largos de lana. Se había hecho sus necesidades encima. En la habitación hacía calor, apestaba a excrementos.



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