Malenkov se llevó la mano rechoncha a la boca y se quedó cerca de la puerta. Beria se inclinó sobre la alfombra, se desabotonó el abrigo y se arrodilló. Apoyó las manos sobre la frente de Stalin y le abrió los párpados con los pulgares, revelando unos globos oculares inyectados en sangre.

—Josiv Vissarionovich —dijo en voz baja—, soy Lavrenti. Querido camarada, si me oye mueva los ojos. ¿Camarada? —Se dirigió entonces a Malenkov pero sin dejar de mirar a Stalin—. ¿Has dicho que quizá está así desde hace veinticuatro horas?

Malenkov, sin quitar la mano, hizo un ruido amortiguado. Tenía lágrimas en las mejillas.

—Camarada, mueva los ojos… Los ojos, querido camarada… ¿Camarada? Ah, joder. —Beria apartó las manos y mientras se las limpiaba en el abrigo se puso de pie—. Ha tenido una embolia. ¿Dónde están Starostin y los chicos? ¿Y Butusova?

En aquel momento Malenkov lloriqueaba y Beria tuvo que ponerse entre él y el cuerpo, bloquearle literalmente la vista para que le prestara atención. Lo cogió por los hombros y empezó a hablarle quedamente, muy deprisa, como si fuera un niño. Le dijo que se olvidara de Stalin, que Stalin ya era historia, que era un trozo de carne, que lo importante era lo que debían hacer, que debían mantenerse unidos. ¿Pero dónde estaban los chicos? ¿Seguían en la habitación de guardia?

Malenkov asintió y se limpió la nariz con la manga.

—De acuerdo —dijo Beria—. Escucha lo que vas a hacer.

Malenkov iba a ponerse los zapatos para ir a decirle a los guardias que el camarada Stalin estaba durmiendo, que estaba borracho, que por qué cono los habían sacado de la cama, a él y al camarada Beria, para nada. Que no tocaran el teléfono ni llamaran a ningún médico. («¿Has oído, Georgi?») Sobre todo ningún médico, porque el secretario general pensaba que todos los médicos eran unos envenenadores judíos… ¿Te acuerdas? Bueno, ¿qué hora era? ¿Las tres? Muy bien. A las ocho… no, mejor a las siete y media. Malenkov tenía que empezar a llamar a los dirigentes para decirles que Beria y él querían que todo el Politburó se reuniera allí, en Blizhny, a las nueve. Él explicaría que estaban preocupados por la salud de Josiv Vissarionovich y que había que tomar una decisión colectiva respecto al tratamiento.



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