– ¿Hay alguien dentro? -le preguntó Lindy.

Sí, el señor Dionides ha llegado esta tarde. Y también está Dolly, la gata que he recogido hoy en el refugio para que se hiciera cargo de los ratones -añadió, refiriéndose al refugio que dirigía su hermana Emma-. Estoy llamando al señor Dionides al teléfono fijo mientras hablo contigo, pero no contesta. ¿Y si está inconsciente por el humo? Tú estás mucho más cerca que yo. ¡Ve corriendo y despiértalo antes de que muera carbonizado!

Aunque no le hacía mucha gracia, Lindy corrió hacia su bicicleta y se puso a pedalear a toda velocidad. Lindy se dijo que no debía dejarse llevar por el miedo atroz que le daba el fuego, que tenía que cumplir con su deber, así que siguió pedaleando por el camino. La casa estaba completamente a oscuras.

Al llegar frente a la puerta principal, dejó caer la bici al suelo, subió los escalones de dos en dos y llamó a la aldaba con todas sus fuerzas. Nada. Continuó llamando con la otra mano, con todas sus fuerzas, hasta que se hizo daño. Ya se oían coches llegando.

– ¿Pero qué pasa? Son más de las doce de la noche -se quejó Atreus Dionides abriendo la puerta y mirándola con el ceño fruncido.

Llevaba un traje muy elegante a pesar de que era tarde y estaba muy guapo. Lindy se dijo que no era el momento de pensar en esas cosas y se apresuró a darle el mensaje.

– ¡Su casa se está quemando! -exclamó avergonzada al volver a verlo.

– ¿Pero qué dice? -contestó Atreus Dionides mirándola con incredulidad.

– Su casa se está quemando… ¡no sea estúpido! -insistió Lindy.

– ¿Cómo puede ser? -objetó Atreus bajando un par de escalones.

– El ala oeste. ¡La última planta!

Atreus Dionides salió corriendo en aquella dirección. Lindy lo siguió a duras penas, pues tenía las piernas más largas que ella y corría a mucha más velocidad. Al doblar la esquina del edificio, aparecieron ante ella las llamas anaranjadas y Lindy tuvo que hacer un gran esfuerzo para no ponerse a gritar de pavor.



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