
Lindy había leído entre líneas y había comprendido que Atreus Dionides estaba acostumbrado a que las mujeres lo adularan y se entregaran a él con facilidad. A él le gustaba disfrutar de ellas sólo durante un fin de semana.
Lindy no era y jamás sería así. ¿Cómo se atrevía Atreus Dionides a pensar por un momento que iba a querer volver a verlo después de cómo la había tratado? Desde luego, le había quedado muy claro cómo era aquel hombre. Por fuera, cumplía con la descripción agradable que hacían de él en los medios de comunicación, guardaba las apariencias de hombre de negocios brillante que había convertido una anticuada empresa familiar en una de las navieras más importantes del mundo. Y, sí, también era cierto que era impresionantemente guapo y rico. Sin embargo, bajo aquella fachada bien estudiada, no era más que un canalla sin modales, frío y asqueroso.
Si por ella fuera, no volverían a verse jamás.
Sin embargo, se iban a ver mucho antes de que lo que Lindy creía y en una circunstancia que no le iba a permitir expresarle la animadversión que sentía por él.
El dormitorio de Lindy era la única estancia de su pequeña casa de guardeses desde la que se venía Chantry House y lo único que se veía era el ala oeste de la mansión, que llevaba semanas cubierta de andamios porque se estaba reformando para alojar más personal de servicio.
Una noche muy clara, Lindy estaba cerrando las cortinas para acostarse cuando vio humo saliendo del tejado de la casa principal. No había chimenea y se suponía que esa zona de la casa estaba deshabitada todavía. Nerviosa, llamó a Phoebe, que vivía en el pueblo. La asistenta salió al jardín de su casa y le dijo que veía el humo desde allí.
