Elinor se quedó estupefacta al recibir aquella orden. Menos mal que Zahrah intervino con su charla infantil.

– Ya me lo contará luego -comentó Jasim-. Voy a ir a los establos yo también.

Elinor se puso todavía más nerviosa ante aquella noticia. Al levantar la mirada, se encontró con los ojos del príncipe y descubrió que la miraba con un irreprimible brillo de deseo. La sorpresa fue tan grande, que se le quitó el apetito.

Por cómo la estaba mirando, cualquiera hubiera dicho que la encontraba atractiva, pero no podía ser. Era imposible que un príncipe la encontrara guapa. Elinor se reprendió a sí misma por semejantes ideas. Debía de ser que era más agradable de lo que ella había creído y la estaba tratando con cortesía, como su hermano.


Ahmed aseguró a Zahrah en el asiento trasero de un flamante Range Rover negro y Elinor se acomodó en el asiento del copiloto y observó a Jasim mientras éste daba la vuelta al coche. La brisa le movía el pelo y parecía un ángel. Sus miradas se encontraron a través del cristal y, de repente, Elinor sintió que los pezones se le endurecían y amenazaban con atravesar la tela del sujetador y de la camiseta. Además, sintió una humedad entre las piernas que la hizo revolverse incómoda. Aquello la sorprendió, pues no sabía que la atracción por un hombre pudiera traducirse en sensaciones corporales tan fuertes.

Al instante, se sonrojó de pies a cabeza.

Jasim se acomodó detrás del volante, quitó el freno de mano y puso el coche en marcha.

– ¿Le gustan los caballos? -le preguntó mientras conducía.

– Me encantan -contestó Elinor-. Siempre me han gustado mucho, desde que era pequeña. Aprendí a montar cuando tenía la edad de Zahrah porque un vecino tenía caballos y yo iba después del colegio a ayudar.

– ¿Ha tenido caballo propio alguna vez?

Elinor se entristeció.

– Sí, tuve una yegua desde los nueve a los catorce años. Mi padre la vendió porque decía que Starlight me quitaba tiempo de estudio…



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