
Mientras Louise gritaba de júbilo al ver la limusina, Elinor pensaba en el poco interés que su padre había mostrado siempre en ella. Por mucho que se había esforzado y había estudiado, sus notas nunca le habían parecido lo suficientemente buenas. Y nunca había dudado en hacérselo saber y en decirle lo estúpida que era y lo avergonzado que se sentía de ella. Su decisión de trabajar como cuidadora infantil lo había sacado de sus casillas.
– ¡No vas a ser más que una sirvienta!
La crueldad de su padre la había marcado profundamente. Elinor había pasado años sinceramente oscuros y tristes. Se sentía como si no tuviera familia. Sobre todo, porque su padre se había vuelto a casar y ni siquiera la había invitado a la boda.
– Hace poco he leído un artículo sobre el príncipe Murad en una revista -comentó Louise-. Por lo visto, le gustan mucho las mujeres y ha tenido muchas relaciones. ¡Ya puedes tener cuidado con él!
Elinor frunció el ceño.
– Conmigo no tiene esa actitud en absoluto. Se muestra, más bien… paternal.
– No seas ingenua. A todos los hombres mayores les gustamos las jovencitas -protestó Louise-. Y como le recuerdes a tu madre…
– No creo porque ella era menuda, rubia y con los ojos azules -contestó Elinor.
– Ya… ¿y si no fue por eso por qué te dio el trabajo sin conocerte de nada?
– No fue tan fácil -se defendió Elinor-. Es cierto que me recomendó, pero tuve que pasar el mismo proceso de selección que las demás. Me dijo que quería ayudarme porque en el pasado mi madre significó mucho para él. No olvides que su mujer sólo habla árabe y francés y yo hablo francés, así que eso jugó a mi favor. Estoy de acuerdo en que tuve mucha suerte de que me dieran este trabajo, pero todo fue limpio, no hubo nada turbio en ello.
– ¿Y te acostarías con él si te lo pidiera?
– ¡Claro que no! ¡Por Dios, pero si podría ser mi padre! -exclamó Elinor.
