– Si te lo propusiera su hermano, el príncipe Jasim, a lo mejor te haría más gracia -insistió Louise-. Había una foto suya en el mismo artículo y es para caerse de espaldas. Es altísimo y muy guapo.

– ¿De verdad? No lo conozco -contestó Elinor mirando por la ventana.

Las insinuaciones de la que se suponía su amiga le estaban molestando mucho. ¿Por qué había gente tan malpensada? Si hubiera detectado la más mínima insinuación sexual por parte del príncipe Murad, jamás habría aceptado el trabajo. Sobre todo, porque en otro trabajo había sufrido acoso por parte de su jefe y le había resultado espantoso.

– Es una pena que el hermano que será rey algún día sea bajito, calvo y gordo -comentó Louise con desprecio-. Claro que eso a algunas no les importaría…

– Para mí el hecho de que esté casado sería más que suficiente -contestó Elinor muy seria.

– No debe de ser feliz en su matrimonio porque después de tantos años sólo tienen una hija… -insistió Louise-. Me sorprende que no se haya divorciado de su mujer por no haberle dado un heredero varón.

– Ya hay heredero -contestó Elinor-. El hermano pequeño del príncipe.

– Entonces deberías ir mejor a por ése -comentó Louise-, pero llevas tres meses en este trabajo y todavía no lo has conocido y eso que vives en su casa y con su familia. No lo estás haciendo demasiado bien, la verdad.

Elinor ni se molestó en comentar que a su madre no le había ido nada bien enamorarse de un príncipe árabe. Rose había conocido a Murad en la universidad y se habían enamorado perdidamente. Elinor seguía teniendo el anillo de compromiso que Murad le había entregado a su madre. Sin embargo, el compromiso no había durado porque a Murad lo habían amenazado con desheredarlo y exiliarlo si se casaba con una extranjera. Él había terminado volviendo a Quaram para cumplir con sus responsabilidades y ella había terminado casándose con Ernest Tempest. Por supuesto, aquel matrimonio había sido nefasto.



8 из 101