
Tarashkin, remero de la sociedad deportiva Espartaco, estaba aquella noche de guardia en el club. Bien porque era joven o bien porque en torno reinaba la primavera, en vez de gastar insensatamente en el sueño las cortas horas de la vida, Tarashkin, sentado en el atracadero, los brazos ceñidos a las rodillas, contemplaba absorto el dormido río.
El silencio invitaba a pensar. Hacía ya dos veranos que los malditos moscovitas, aunque no sabían ni qué olor tenía el agua de verdad, zurraban al club en todas las pruebas. ¡Era desesperante!
Pero cada deportista sabe que la derrota lleva a la victoria. Esto, y quizás también el encanto de la primaveral alborada, que olía intensamente a hierbas y a madera húmeda, daban a Tarashkin la presencia de ánimo necesaria para entrenarse antes de las grandes regatas de junio.
Desde el embarcadero vio Tarashkin que atracaba y se alejaba después aquella lancha de dos remos. Tarashkin acogía muy tranquilamente todos los fenómenos de la vida. Sin embargo, no pudo por menos de causarle extrañeza que aquellos dos hombre se parecieran el uno al otro como se parecen dos remos. Eran de la misma estatura, llevaban dos anchos abrigos idénticos y dos sombreros de fieltro muy encasquetados y gastaban ambos pequeña y puntiaguda barbita.
En fin de cuentas, en la república no se prohibía a nadie vagar de noche, en compañía de su doble, por tierra o por agua. Seguramente, Tarashkin no hubiera vuelto a recordar a los hombres de puntiaguda barbita de no haber ocurrido aquella misma mañana un extraño acontecimiento en un chalet, medio derruido y con las ventanas condenadas, que se alzaba en el bosquecillo de abedules cercano al club.
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Cuando el sol se levantó del tenue arrebol que se extendía sobre el arbolado de las islas, Tarashkin se desperezó, haciendo crujir sus brazos, y se encaminó, para recoger unas astillas, hacia el patio del club. Era poco más de las cinco de la mañana. Chirriaron los goznes de la cancela y, por el húmedo sendero, se acercó, llevando de la mano su bicicleta, Vasili Vitálievich Shelgá.
