Era Shelgá un deportista muy entrenado, musculoso y ligero, de talla media y fuerte cuello, rápido, tranquilo y prudente. Trabajaba en una brigada de investigación criminal y practicaba el deporte a fin de no perder agilidad.

—¿Qué tal, camarada Tarashkin, no hay novedad? —preguntó Shelgá, dejando la bicicleta junto a la terracilla—. He venido a desentumecerme un poco… ¡Fíjate cuanta basura! ¡Es una vergüenza!

Shelgá se quitó la guerrera, se arremangó la camisa, descubriendo sus brazos, magros y musculosos, y se puso a limpiar el patio del club, en el que se veían, tirados por todas partes, restos de los materiales con que habían reparado el atracadero.

—Hoy vendrán los chicos de la fábrica y en una noche lo asearemos todo —dijo Tarashkin—. ¿Qué, Vasili Vitálievich, se apunta para el equipo de la yola de seis?

—No sé que decirte —respondió Shelgá, haciendo rodar un barril de alquitrán—. Hay que pegarles a los moscovitas, pero me temo que no podré asistir a todos los entrenamientos… Nos ha salido un asunto muy divertido.

—¿Bandidos otra vez?

—Te quedas corto. Criminales de categoría internacional.

—Es una lástima —observó Tarashkin—, pues podría usted participar en las regatas.

Shelgá salió al atracadero, contempló cómo encendían la superficie del río los alegres rayos del sol, golpeó en las tablas con el mango de la escoba y preguntó a media voz:

—¿Sabéis bien quién vive en los chalets cercanos?

—En algunos vive gente todo el año.

—¿Y no se mudó nadie a uno de los chalets a mediados de marzo?



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