
Tarashkin miró de soslayo el río, iluminado por el sol, se rascó un pie con las uñas del otro y dijo:
—En aquel bosquecillo hay un chalet con las ventanas condenadas. Hace unas cuatro semanas, lo recuerdo bien, salía humo de la chimenea. Creímos que se habrían refugiado allí vagabundos o bandidos.
—¿Y no habéis visto a nadie de ese chalet?
—Espere, Vasili Vitálievich. Quizás viva allí la gente que he visto hoy.
Tarashkin habló a Shelgá de los dos hombres que habían desembarcado al amanecer en la pantanosa orilla.
Shelgá escuchaba diciendo de vez en cuando: “Sí, sí”, y sus punzantes ojos se convirtieron en dos finas rendijas. Luego, cuando Tarashkin hubo acabado su relato, dijo, llevándose la mano a la funda del revólver, que colgaba de su cinturón:
—Vamos, muéstrame el chalet ese.
5
El chalet en el ralo bosquecillo de abedules parecía deshabitado: la terracilla estaba toda carcomida, y los postigos de las ventanas, condenados por fuera con tablas.
Los cristales de la buhardilla aparecían rotos, las esquinas de la casa estaban recubiertas de musgo al pie de los canalones, y bajo las ventanas crecían verdes matojos de armuelle.
—Tiene usted razón, ahí vive alguien —dijo Shelgá, examinando la casa desde detrás de los árboles.
Shelgá rodeó cauteloso el chalet y comentó:
—Hoy han estado aquí… Pero ¿a qué diablos habrán entrado por la ventana? Acérquese, Tarashkin, ocurre algo anormal.
Se aproximaron rápidamente a la terracilla. En ella veíanse pisadas. A la izquierda colgaba oblicuamente el postigo de una ventana, recién arrancado. La ventana estaba abierta, las hojas hacia adentro. Bajo ella, en la húmeda arena, descubrieron también pisadas. Unas huellas eran grandes, pertenecientes, por lo visto, a un hombre muy corpulento, y otras, menores y más estrechas, denotaban que quien las había dejado andaba con los pies torcidos hacia adentro.
