—Las huellas que hay en la terracilla son distintas —observó Shelgá.

Miró por la ventana, emitió un ligero silbido y gritó:

—¡Eh, buen hombre, cierre la ventana, no vaya a ser que le roben algo!

No hubo respuesta. De la habitación, sumida en la penumbra, emanaba un olor dulzón y desagradable.

Shelgá volvió a llamar, esta vez más alto, se subió al alféizar, empuñó el revólver y saltó blandamente al interior. Tarashkin le imitó.

La primera habitación estaba vacía, el piso sembrado de ladrillos rotos, lascas de enlucido y viejos papeles de periódico. La puerta, entreabierta, llevaba a la cocina. Allí, sobre la plancha, así como en mesas y taburetes, veíanse hornillos a petróleo, crisoles de porcelana, retortas de vidrio y metálicas, botes y cajones de cinc. Uno de los hornillos chisporroteaba, apagándose.

Mielga volvió a gritar: “¡Eh, buen hombre!” Luego meneó la cabeza y abrió con gran cautela la puerta de la oscura habitación, cortada por las cintas de luz solar que atravesaban las rendijas de las maderas.

—Ahí está —dijo Shelgá.

En lo hondo de la habitación, un hombre yacía de espaldas, vestido, en una cama metálica. Sus manos, levantadas sobre la cabeza, aparecían atadas a las barras de la cama. Una cuerda sujetaba sus piernas. La chaqueta y la camisa del hombre mostraban unos desgarrones en el pecho. Tenía la cabeza muy echada hacia atrás, en posición poco natural, y su puntiaguda barbita apuntaba al techo.

—¡Fíjese que metido le han dado! —dijo Shelgá. examinando el puñal que el muerto tenía hundido en el pecho hasta la empuñadura—. Lo han atormentado… Mire…

—Vasili Vitálievich, es el mismo hombre que llegó en la barca. Hace hora y media, a lo sumo, que lo han asesinado.

—Quédese aquí de guardia, no toque nada y no deje entrar a nadie, ¿me oye, Tarashkin?



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