Unos minutos después, Shelgá hablaba por teléfono desde el club:

—Envíen patrullas a las estaciones… Comprueben la documentación de todos los pasajeros… Hay que ir también a los hoteles y ver quién ha regresado entre las seis y las ocho de la mañana. Envíe a mi disposición un agente y un perro.

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Antes de que llegara el perro policía, Shelgá se puso a examinar meticulosamente el chalet, empezando por la buhardilla.

Todo estaba lleno de basura, vidrios rotos, jirones de empapelado y oxidados botes de conservas. Las ventanas estaban cubiertas de telarañas y en los rincones había moho. Al parecer, el chalet estaba abandonado desde 1918. Únicamente semejaban habitadas la cocina y la habitación con la cama metálica. No había allí la menor comodidad ni tampoco restos de comida, de no contar un panecillo y una gruesa lonja de salchichón hallados en un bolsillo del muerto.

Nadie vivía en el chalet, pero alguien lo visitaba para hacer allí algo que necesitaba ocultar. Esta fue la primera conclusión de Shelgá cuando hubo registrado la casa entera. El detenido examen de la cocina mostró que producían en ella cierto preparado químico. Al investigar los montones de ceniza sobre la plancha de la cocina, donde, por lo visto, se hacían experimentos, y después de hojear algunos folletos con las puntas de algunas hojas dobladas. Shelgá estableció un hecho más: el muerto se dedicaba simplemente a la pirotecnia.

Esta conclusión llevó a Shelgá a un callejón sin salida. Volvió a registrar la ropa del muerto, pero no descubrió nada nuevo. Entonces, enfocó el asunto desde otro ángulo.

Las huellas al pie de la ventana evidenciaban que los asesinos eran dos y habían entrado por la ventana, corriendo el inevitable riesgo de encontrar resistencia, pues el habitante del chalet no podía dejar de oír el ruido hecho al arrancar el postigo.



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