
Danglard se levantó.
– Espere -dijo Adamsberg-. El hijastro Vernoux, no olvide convocarle.
Adamsberg hizo una pausa. Estaba cohibido. Su decisión caía mal después de la conversación que habían mantenido. Prosiguió en tono más bajo:
– Y luego póngale bajo vigilancia.
– No lo dice en serio, ¿verdad señor comisario? -dijo Danglard.
Adamsberg se mordió el labio inferior.
– Su novia le protege. Estoy seguro de que no estaban juntos en el restaurante la noche del asesinato, aunque sus dos versiones concuerden. Pregunte a uno después de otro: ¿cuánto tiempo transcurrió entre el primer plato y el segundo? ¿Es verdad que un guitarrista fue a la sala a tocar? ¿Dónde estaba colocada la botella de vino en la mesa, a la derecha, a la izquierda? ¿Qué vino era? ¿Qué forma tenían los vasos? ¿De qué color era el mantel? Y así sucesivamente hasta los menores detalles. Se contradirán, ya lo verá. Y luego haga un inventario de los pares de zapatos del chico. Que le informe la asistenta que le paga su madre. Tiene que faltar un par, el que llevaba la noche del asesinato, porque el terreno estaba embarrado alrededor del almacén a causa de la obra que hay al lado y de la que están extrayendo una arcilla pegajosa como la masilla. El chico no es tonto y seguramente se habrá desembarazado de ellos. Ordene buscar en las alcantarillas que están cerca de su domicilio, porque pudo recorrer los últimos metros en calcetines, entre la boca de la alcantarilla y su puerta.
