
– Si he entendido bien -dijo Danglard-, según usted, ¿el pobre tipo supura?
– Temo que sí -dijo Adamsberg en voz baja.
– ¿Y qué supura?
– Crueldad.
– Y a usted, ¿le parece evidente?
– Sí, Danglard.
Aunque estas palabras fueron casi inaudibles.
Después de la marcha del inspector, Adamsberg cogió el montón de periódicos que le habían llevado. En tres de ellos encontró lo que buscaba. El fenómeno aún no había adquirido grandes proporciones en la prensa, pero estaba seguro de que ocurriría. Recortó sin mucha delicadeza una pequeña columna y la puso ante él. Siempre necesitaba mucha concentración para leer, y si tenía que hacerlo en voz alta, era mucho peor. Adamsberg había sido un mal alumno, jamás había entendido bien el motivo por el que le obligaban a ir a clase, pero se había esforzado en fingir que estudiaba lo más atentamente que podía para no entristecer a sus padres y, sobre todo, para que jamás descubrieran que le importaba un bledo. Leyó:
¿Una broma o la manía de un filósofo de pacotilla? En cualquier caso, los círculos hechos con tiza azul siguen creciendo en la noche de la capital como la mala hierba en las aceras, empezando a despertar vivamente la curiosidad de los intelectuales parisinos. Su ritmo se acelera. Sesenta y tres círculos han sido ya descubiertos, desde los primeros que fueron encontrados hace cuatro meses en el distrito 12. Esta nueva distracción, que adquiere el cariz de un juego de pistas, ofrece un tema de conversación inédito a todos los que no tienen otra cosa de que hablar en los cafés. Y como son muchos, al final resulta que se habla de ello en todas partes…
Adamsberg se interrumpió para bajar directamente a la firma del artículo. «Es ese cretino -murmuró-, no se puede esperar mucho de él.»
