Había preguntado el motivo a una de las jóvenes inspectoras, su superiora directa, a la que le hubiera gustado besar pero, como tenía diez años más que él, no se había atrevido. Ella había demostrado cierto nerviosismo y había dicho: «Aclárelo usted, mírese en un espejo y lo entenderá perfectamente sin ayuda de nadie». Esa noche había contemplado, contrariado porque le gustaban los gigantes blancos, su silueta pequeña, sólida y morena, y al día siguiente había dicho: «Me he puesto ante el espejo, me he mirado, pero no he entendido bien lo que usted me dijo».

«Adamsberg -había dicho la inspectora, un poco cansada, un poco harta- ¿por qué hay que hablar de esas cosas? ¿Por qué hacer preguntas? Estamos trabajando en un robo de relojes, y eso es lo que tenemos que investigar. No tengo la menor intención de hablar de su cuerpo -y había añadido-: No me pagan para hablar de su cuerpo.»

«Bueno -había dicho Jean-Baptiste-, no se ponga así.»

Una hora después había oído cómo se detenía la máquina de escribir y la inspectora le llamaba. Estaba enfadada. «Acabemos con esto -había dicho-, digamos que es el cuerpo de un niño asilvestrado, nada más.» Él había respondido: «¿Quiere decir que es primitivo, que es feo?». Ella se había mostrado aún más alterada. «No me haga decir que es usted guapo, Adamsberg, pero es muy atractivo, arrégleselas con eso en la vida», y había habido cansancio y ternura en su voz, estaba seguro. Tanto que seguía recordándolo con un estremecimiento, sobre todo porque jamás había vuelto a ocurrirle con ella. Él había esperado la continuación con el corazón palpitante. Quizás ella iba a besarle, quizá, pero dejó de tutearle y nunca más volvió a mencionarlo. Excepto esto, como con desesperanza: «Usted no tiene nada que hacer en la policía, Jean-Baptiste. La policía no está asilvestrada».



5 из 185