
Estaba equivocada. Él había esclarecido ininterrumpidamente, durante los cinco años siguientes, cuatro asesinatos, de un modo que a sus colegas les había parecido alucinante, es decir injusto, provocador. «No pegas ni golpe, Adamsberg -le decían-. Estás ahí, vagando, soñando, mirando a la pared, haces dibujitos deprisa y corriendo sobre las rodillas, como si poseyeras ciencia infusa y tuvieras la vida ante ti, y luego, un día, te presentas, lánguido y amable, y dices: "Hay que detener al cura, ha estrangulado al niño para que no hable".»
Así, al niño asilvestrado de los cuatro asesinatos le habían acabado nombrando inspector y luego comisario, mientras seguía garabateando durante horas dibujitos sobre las rodillas, sobre sus deformados pantalones. Hacía quince días le habían ofrecido París. Entonces dejó tras él su despacho lleno de inscripciones que había escrito a lápiz durante veinte años, sin que la vida le agotara jamás.
Sin embargo, ¡cómo podía la gente, a veces, llegar a aburrirle! Era como si demasiado a menudo supiera de antemano lo que iba a oír. Y cada vez que pensaba: «Ahora este tipo va a decir esto», se despreciaba, se consideraba odioso, y aún más cuando el tipo lo decía realmente. Entonces sufría y suplicaba a un dios cualquiera que un día le concediera la sorpresa y no el conocimiento.
Jean-Baptiste Adamsberg removía el café en un bar frente a su nueva comisaría. ¿Acaso ahora entendía mejor por qué habían dicho de él que estaba asilvestrado? Sí, realmente lo veía un poco más claro, aunque la gente utiliza las palabras a tontas y a locas. Sobre todo él. De lo que estaba seguro era de que sólo París podía restituirle el mundo mineral que sabía que necesitaba.
París, la ciudad de piedra.
