Había muchos árboles, era inevitable, pero los ignoraba, bastaba con no mirarlos. Y las plazoletas ajardinadas bastaba con evitarlas; entonces todo iba bien. A Adamsberg, en materia de vegetación, sólo le gustaban los matorrales raquíticos y las hortalizas subterráneas. Lo que también estaba claro era que sin duda no había cambiado tanto, pues las miradas de sus nuevos colegas le habían recordado a las de los Pirineos, hacía veinte años: la misma estupefacción discreta, las palabras murmuradas a sus espaldas, los movimientos de cabeza, los pliegues alterados de las bocas y los dedos separándose en gestos de impotencia. Toda esa actividad silenciosa que quiere decir: pero ¿quién es este tipo?

Suavemente había sonreído, suavemente había estrechado las manos, explicado y escuchado, porque Adamsberg siempre lo hacía todo suavemente. Sin embargo, al cabo de once días, sus colegas seguían acercándose a él con la expresión de los hombres que se preguntan a qué nueva especie de ser vivo tienen que enfrentarse, y cómo se la alimenta, y cómo se le habla, y cómo se la distrae y cómo hay que interesarse por ella. Desde hacía once días, la comisaría del distrito 5 se había visto invadida por los cuchicheos, como si un delicado misterio hubiera interrumpido la vida cotidiana.

La diferencia con sus comienzos en los Pirineos era que, ahora, su reputación hacía las cosas un poco más fáciles, aunque ese hecho no consiguiera que todos olvidaran que él venía de fuera. Ayer había oído al parisino más viejo del equipo decir en voz baja: «Viene de los Pirineos, ¿te das cuenta?, eso es como decir del otro extremo del mundo».

Tenía que haber estado en su despacho desde hacía media hora, pero Adamsberg seguía removiendo el café en el bar de enfrente.

No era porque hoy, a los cuarenta y cinco años, hubiera respeto a su alrededor por lo que se permitía llegar tarde. A los veinte años, también llegaba tarde. Incluso para nacer se había retrasado dieciséis días.



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