
El siguiente en aparecer fue un joven restaurador llamado Antonio Politi, que llevaba gafas de sol y parecía resacoso, como una estrella del rock que llegara a otra entrevista que deseaba cancelar. Antonio ni se molestó en saludar al restaurador. La antipatía era mutua. A Antonio le habían asignado el retablo principal de Sebastiano del Piombo. El restaurador opinaba que el muchacho aún no estaba preparado para esa obra, y al final de cada jornada, antes de abandonar la iglesia, subía en secreto a la plataforma de Antonio para inspeccionar su trabajo.
Francesco Tiepolo, el jefe del proyecto de San Giovanni Crisóstomo, fue el último en llegar. Era una gigantesca figura barbuda, con una camisa blanca y un pañuelo de seda alrededor de su cuello de toro. En las calles de Venecia, los turistas lo confundían con Luciano Pavarotti. Los venecianos nunca cometían tal error, porque Francesco Tiepolo dirigía la empresa de restauración más importante de toda la región del Véneto. Era toda una institución en los círculos artísticos venecianos.
– Buongiorno -saludó Tiepolo, y su voz cavernosa resonó en la cúpula central. Sujetó uno de los tubos del andamio con su manaza y lo sacudió violentamente. El restaurador se asomó por el borde de la plataforma como una gárgola.
– Has estado a punto de estropear toda una mañana de trabajo, Francesco.
– Por eso usamos barniz aislante. -Tiepolo sostuvo en alto una bolsa de papel blanco-. ¿Un cornetto?
– Sube.
Tiepolo puso un pie en el primer peldaño del andamio y comenzó a subir. El restaurador oía con toda claridad los crujidos de los tubos bajo el enorme peso de su jefe. Tiepolo abrió la bolsa, le dio al restaurador un cometto de almendras y cogió otro para él. Se comió la mitad de un bocado. El restaurador se sentó en el borde de la plataforma con los pies colgando en el aire. Tiepolo continuó de pie, delante del retablo, y observó el trabajo.
