
– Si no supiera que es imposible, creería que el viejo Giovanni se ha colado aquí durante la noche y que ha hecho los retoques en persona.
– Ésa es la idea, Francesco.
– Sí, pero muy pocas personas tienen el don de hacerlo.
– El resto del cornetto desapareció en su boca. Se limpió los restos de azúcar de la barba-. ¿Cuándo estará acabado? -Tres meses, quizá cuatro.
– Desde mi punto de vista, tres meses serían mejor que cuatro. Pero no seré yo el que dé prisa al gran Mario Delvecchio. ¿Algún viaje en perspectiva?
El restaurador miró a Tiepolo con cara de pocos amigos por encima del cornetto y sacudió la cabeza. Un año antes se había visto obligado a confesarle su verdadero nombre y ocupación a Tiepolo. El italiano había hecho honor a esa confianza y nunca se lo había dicho a nadie, aunque algunas veces, cuando estaban solos, aún le pedía al restaurador que dijera unas cuantas palabras en hebreo, sólo para recordarse a sí mismo que el legendario Mario Delvecchio era en realidad un israelí del valle de Jezreel llamado Gabriel Allon.
Un súbito aguacero golpeó el tejado de la iglesia. Desde lo alto de la plataforma, muy arriba, en el ábside de la capilla, sonaba como un redoble de tambor. Tiepolo alzó las manos al cielo en un gesto de súplica.
– Otra tormenta. Dios nos ayude. Dicen que el acqua alta podría llegar al metro cincuenta. Aún no he acabado de sacar el agua de la última. Amo este lugar, pero no sé durante cuánto tiempo más podré soportarlo.
Había sido una temporada con mucha acqua alta. Venecia se había inundado más de cincuenta veces, y aún quedaban por delante tres meses de invierno. La casa de Gabriel se había inundado tantas veces que había tenido que vaciar toda la planta baja y estaba instalando un dispositivo a prueba de agua en puertas y ventanas.
