
El restaurador se puso las lentes de aumento y se centró en la túnica rosa de san Cristóbal. La pintura había sufrido las consecuencias de siglos de descuido, tremendos cambios de temperatura y la continua acción del humo del incienso y los cirios. Las prendas de san Cristóbal habían perdido gran parte de su brillo original y estaban salpicadas con manchas de pentimenti que se habían abierto paso hasta la superficie. Le habían autorizado a realizar una restauración agresiva. Su misión era devolver a la pintura su gloria original. El desafío era hacerla sin que pareciera la obra de un falsificador. En resumen, deseaba llegar y marcharse sin dejar ningún rastro de su presencia, como si la restauración hubiese sido hecha por el propio Bellini.
Durante dos horas, el restaurador trabajó solo, el silencio interrumpido únicamente por el sonido de los pasos en la calle y el ruido de las persianas metálicas cuando abrían las tiendas. Las interrupciones comenzaron a las diez, con la llegada de la famosa restauradora de altares venecianos, Adriana Zinetti. Asomó la cabeza por la lona y le dio los buenos días. Molesto, él levantó las lentes para mirar por encima del borde de la plataforma. Adriana se había situado de tal manera que era imposible no mirar el escote de sus magníficos pechos. El restaurador asintió con expresión solemne y después la observó mientras la mujer subía a su andamio con una seguridad felina. Adriana sabía que él estaba viviendo con otra mujer, una mujer del antiguo gueto; pero, aun así, continuaba coqueteando con él siempre que podía, como si una sugestiva mirada más o algún otro roce «accidental» fuese a derribar sus defensas. De todos modos, él envidiaba lo sencillo que era su mundo. Adriana amaba el arte, la comida veneciana y ser adorada por los hombres. No le importaba nada más.
